Ricardo Rousselot habla del rediseño del logo de La Vanguardia

“La clave fue mantener el peso, longitud de serifs y cadencia de la letra.”

La historia de los cambios en la cabecera de La Vanguardia ha estado ligada en su primera época a los procesos tecnológicos de impresión, aspecto que significó modificaciones sustanciales. Es a partir del diseño de Franz Schuwer que en 1981 Ricardo Rousselot interviene para sentar lo que podríamos llamar las bases del logotipo actual.

Ricardo Rousselot es un diseñador, conocedor como el que más de la estructura y detalles de la letra, que al igual que muchos de los grandes tipógrafos parte de los fundamentos de la caligrafía para comprender el tipo desde el origen y proyectar su trabajo con fundamentos. Su dilatada trayectoria como diseñador de grandes marcas comerciales y tipografías le dan el bagaje suficiente para proponer y desarrollar cambios tan trascendentales como sutiles; y esto es lo que ha hecho con la cabecera de La Vanguardia. Las modificaciones en el logo realizados en esta ocasión por Rousselot, que podríamos decir, son para entendidos, nos muestran todo el minucioso trabajo profesional que hay detrás de un elemento de identidad; además nos hace mas conscientes del respeto por la letra, algo que Rousselot transmite con pasión al hablar de su trabajo.

¿Cómo llega a Ricardo Rousselot el encargo de rediseñar el logotipo de un periódico?

Es un trabajo que abarca más de dos décadas. Muchos diseñadores aspiran a diseñar el logotipo de una aerolínea o el de un periódico, yo tuve la suerte de encargarme de las dos cosas. Hace 26 años trabajaba como director de arte de mi estudio de diseño y eramos colaboradores de la Agencia MMLB, la más creativa de la época, que introdujo en España el modelo de agencia de publicidad que ya se daba en los Estados Unidos.

En el año 1981 se cumplían 100 años de La Vanguardia, que en esas épocas se imprimía con tipografía en metal; para la ocasión encargaron a la agencia MMLB el diseño del logo conmemorativo y la campaña publicitaria. En ese entonces, el director creativo de esta cuenta era Agustín Elbaile, hoy director de Mc Cann Ericsson, y fue él quien me asignó el diseño.

No se trataba entonces del diseño de la cabecera sino de un logo conmemorativo.

Sí, ellos tenían su cabecera, que ya había sido diseñada por Franz Schuwer, a quien en el año 1934 le encargaron un logotipo para el periódico. Ese logo era un dibujo a mano en letra romana, no era un tipo compuesto.

Mi trabajo era hacer un sello conmemorativo que iría en la primera página, como una especie de flash para celebrar los 100 años, y que destacara “1881-1981″. Pensé en un ovalo, retomé la letra de Schuwer, pero la ví muy fina para desempeñar el papel que yo quería darle.

Así es que me tome la libertad de dibujar de nuevo las 12 letras de La Vanguardia. Estudie la letra de Schuwer y ví que estaba inspirado en un carácter clásico, pero connotaba mucho los años 20/30. Como la parte vertical de la G que era muy baja y la diagonal de la R con un gesto poco moderno para los 80’s. Del estudio hecho, pensé que tenía que hacer algo más simple, más fácil de leer. O sea, como decimos nosotros: tenía que “logotipar” estas dos palabras.

¿Cómo fue ese proceso?

Como yo soy un gran admirador de las letras romanas, y de la Columna Trajana en especial, me base en ellas, conservando las cadencias de sus espaciados y los anchos de las letras originales del siglo I para que tuviesen una unidad. La letra romana lapidaria monumental se caracterizan por ser todas diferentes; hay letras que caben en un cuadrado, otras en medio, etc. Yo dibujé la letra a mano, a pincel y pluma, que era lo que se hacía antes. Entonces, el logotipo fue montado letra por letra en el interior de aquel óvalo para conformar una unidad. Y el 3 de febrero de 1981 apareció justo al lado del logo de La Vanguardia. Adicionalmente, también entregué el mismo logotipo, dibujado en forma horizontal.

¿Y cómo ese logo conmemorativo después se transforma en la cabecera de La Vanguardia?

Pues para mí fue una gran sorpresa, encontrarme con que las letras que había dibujado para ese sello conmemorativo y que había enviado en horizontal aparecieran conformando la cabecera; había desaparecido el logo de Schuwer y la habían cambiado por una nueva cabecera utilizando mi dibujo. Y desde ese momento se conservó intacto hasta el año 1988.

¿Que ocurrió en el año 1988?

En el año 1988, le encargaron a Milton Glaser re-diseñar de nuevo el diario en el que introdujo grandes innovaciones como fue usar la tipografía Times para todo el texto, a cambio de la que se usaba hasta el momento, una tipografía de tipo “grotesco”. Otro de los aportes novedosos de Glaser fue que le puso un fondo de color al logotipo, algo que no era muy común en su momento y que hoy ya se ve en muchos diarios. Además Glaser había decidido conservar la tipografía de la cabecera que yo había hecho. En el 88 ya había ordenadores y lo que se hizo fue digitalizar el logotipo.

No era fácil hacer cambios en un periódico tan tradicionalista, ¿qué motivó a la familia Godó a hacerlos aquella vez?

Yo conozco bastante de cómo fue ese proceso y sé que la familia Godó, a pesar de que difícilmente hace grandes cambios, se propusieron buscar al mejor diseñador del mundo para hacerlos. Pero al contratar a Milton Glaser, también se arriesgaban porque al ser un diseñador de vanguardia y tan famoso, casi estaban obligados a aceptar sus planteamientos; de lo contrario no tenía sentido su presencia aquí. Al final todo lo que propuso Milton Glaser se hizo, pero lo único en que no transigieron fue en las cruces de los obituarios, que él las quería tipo “Comstock”, es decir, aquellas que van rodeadas de un filete, pero no fueron aceptadas. El azul les gustó mucho y ahora es ya como un patrimonio de La Vanguardia.

Sabemos que para pasar una letra o un logotipo positivo a negativo, es necesario hacer ajustes ópticos, ¿que hizo allí Milton Glaser?

La tipografía cuando está en negativo parece que vibra, en positivo el que vibra es el papel y hace la letra más fina. Allí hubo algunos ajustes de millonésimas de milímetros, a ojo, porque esto fue hecho a mano, como es mi costumbre, dibujada la letra primero y luego trazada en ordenador. La verdad es que el primer vectorizado no sé quién lo hizo, y cuando lo vi, no me gustó nada. En el rediseño del periódico de Glaser no participé directamente, sólo se conservaron mis letras para el logotipo; no podía decir nada.

¿Porqué no te parecía bien la vectorización de las letras?.

Una de las cosas que ví fue que la curva de la D estaba muy fina, tenía poco peso, los serifs estaban descompensados y había pequeños errores muy sutiles que quizás sólo un tipógrafo los alcanza a ver.

¿No sentías la tentación de hacer algo?

En su momento no había nada que hacer, pero después, por el cariño que le tengo a La Vanguardia, una vez quise retocarlo y hablé con la gente del departamento de diseño; primero se lo dije a Peréz de Rozas, luego hablé con Rosa Mundet varias veces, pero al final no hicimos nada. Pasaron los años… y ahora en el 2007 revisando todas esas cosas que he hecho, algunas que se han quedado en proyectos, volví a ver el logo de La Vanguardia y sentí de nuevo las ganas de resolver el para mi, problema visual…

Y hablaste luego de “tu problema visual” con Rosa Mundet?

Sí, hablé de nuevo con ella, y le llevé una nueva propuesta, perfectamente vectorizada por mi equipo, entre ellos Cristian Roldán, la persona que maneja estos programas mejor que nadie, y con los ajustes que yo creía debía tener. Al momento no dijo nada, pero a los pocos días, fue como que se alinearon los astros y me llamó para decirme que estaban en un proceso de rediseño de La Vanguardia, donde entre otros cambios, dejaban la Times para poner una nueva tipografía, la Mercury. La propuesta de Rosa era la de hacer el mismo logotipo pero con esa tipografía, que la acababan de comprar… ¡Gran duda!.

Y después que vino?

Pues, que le dije a Rosa, que lo intentaría; yo no tengo ningún problema con las letras. Hacer el mismo logotipo con otra letra es muy difícil, es casi como hacer otro nuevo, pero bueno, lo plantee como un reto. Lo que hice fue coger la letra original, la que dibuje en el año 1981 y hacer una máscara muy precisa para extraer la esencia de la Mercury. La pregunte era, ¿Qué tiene la Mercury que la diferencia de la tipografía de La Vanguardia que se venía usando en el logo?.

¿Que diferencias importantes se encontraron?

Hay muchas, a pesar de ser ambas romanas. Las principales son que la Mercury tiene un tronco cónico, sus astas o palos no son paralelos y los serifs son casi rectangulares, tienen vértices… adiós curvas…

¿A partir de aquí ¿qué modificaciones o ajustes se hicieron a esa tipografía Mercury?

Agrandé los contornos interiores de la R y la A para que hubiese más luz, y se vieran mejor en su conjunto; he bajado un poquito la pata de la N, ese vértice que sale un poco de la línea de base. Entre la L y la A tuve muchas dudas; con la Mercury quedaban muy alejadas una de otra y lo que hice fue cortar un poco la pata de L para que no quedara tanto espacio, igualmente el serif de la A también lo corté un poco para que quedará paralelo a la L. Otro ajuste a la Mercury está también en el serif que se hizo un poco más pesado, tratando de conservar el “look” de la romana.

Originalmente la Mercury no tiene el vértice de la A tan alto y ahora vemos que ha rebasado la línea superior.

Cierto, en la Mercury no sale para nada; esto fue una petición; querían que se conservara ese trazo alto de la A que siempre ha tenido como característico el logo, y así lo hice.

Parece que ópticamente está mejor resuelto ahora el ajuste entre la V y la A.

Sí, imagínate que ya tengo 26 años más de ojo, herramientas y experiencia; quizás esté reflejado aquí algo de eso.

Otra diferencia notable del logo actual es la cola de la R que siempre estuvo ligado a la D, pero que ahora baja mas. ¿Se buscaba remarcar esta parte tan característica del logo tradicional?

Alguien me ha dicho que le fascina el trazo de pincel que le he dado a la R, y tal como ha quedado me gusta, porque fíjate que el único lugar donde el dibujante puede soltarse y hacer un rulo, es en la pata de la R; antes no tenía esa entrada que tiene ahora. Agregué el llamado “Ink Trap”, en el vértice entre la diagonal y la curva de la R, un recurso muy común en épocas de la imprenta tradicional cuando tocaba exagerar ciertos vértices de la letra para que cuando llegara el ácido en el proceso de grabado, tuviera algo que comer y permaneciera la letra intacta; además para que a la hora de imprimir, la tinta no llenara los “corners”.

Luego de terminado el proceso de rediseño del logo ¿qué reacción hubo en la Vanguardia?

Se hizo todo lo que se consideró conveniente con ajustes y sugerencias, para luego tomar una decisión que pasaba por la posibilidad de dejar el antiguo logo. Pusimos sobre la mesa el antiguo, bien vectorizado y ajustado, y el nuevo, hecho con la Mercury; se sometieron ambos a consejo, pero al final la decisión quedó en manos del señor Conde de Godó.

¿Y tú por cual apostabas?

Pues me lo preguntaron y yo me retorcí y dije, me la voy a jugar; me voy por lo moderno!. Porque cualquiera que entienda de tipografía sabe que la tendencia va por estos tipos de letra como la Mercury, muy esquemática, muy concisa, sin nada que distraiga. Los cortes tan marcados la hacen muy contemporánea, y por otro lado el tronco cónico le da un aire muy particular. Al final el Conde de Godó también apostó por ésta.

Donde estuvo la clave para que a simple vista el lector no notara un cambio, pero que al final se viera más contemporáneo el logo?

Lo que quería La Vanguardia era precisamente eso, no hacer un cambio radical del logo, ya los cambios que se hacían de formato, tipografía y el concepto de maquetación, eran considerables.

Hubiera sido más fácil hacer un nuevo logo, pero por política editorial eso era impensable; y aquí hubo algo así como un “trompe l´oeil”, como esos dibujos que parecen una cosa y son otra. Había que tomar la esencia del logo anterior pero la cuestión no era de simple maquillaje. La clave estuvo en mantener el peso de la letra que tenía el anterior logo, la longitud de los serifs, y la cadencia del espacido; eso era lo importante, además de conservar por supuesto, el tradicional fondo azul de Milton Glaser. Finalmente con una tipografía actual como la Mercury, una letra tan bien diseñada, tuve una muy buena compañía.

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